jueves, 26 de mayo de 2011

No, no quiero.

Me rehuso a intentar escribir, a que regresen estas ganas, que, a veces, considero inescindibles de la tristeza.

¡Necesito cambiar de idea ya!

Mientras tanto, la mujer misteriosa me mira desde su cobacha, aparece desnuda como lunas en negro, permanencia intermitente, efímera, nula, asfixiante.

Y aquí estamos, arreando los caballos, aireando las economías. Superviviendo. Que no es viviendo Super. Enfrentando el calor sin una copa de vino, sin amigos, con mucha soledad, sin el ser amado, sin familia. Yo, amante de la soledad, siempre he presumido de prescindir de la compañía humana aún queriéndola. Como el drogadicto que dice que la deja cuando quiere, yo dejo cuando quiero la soledad, o dejo cuando quiero la compañía. Hay que tener 2 huevos de adamantium.

Con todo esto al lado, contemplo desde un balcón el horror que se cierne sobre la patria que me tocó al nacer. Trato de distanciarme, pero sin dejar de mirarlo. Sin dejar de entristecerme por esas personas cuya ausencia me hace decir que estoy verdaderamente sola.

Y es que en verdad (no) quiero escribir.

complejaycotidiana@gmail.com