jueves, 31 de marzo de 2011
Lejos de Dios
Parada frente a su tumba, en el Camposanto, lancé la rosa con delicadeza, para no maltratarme las manos con las espinas que decidí no fuesen cortadas. La rosa cayó secamente, se le salieron dos pétalos, y en el centro aterrizó. Recé rápidamente, no quise extenderme mucho, ya sabe Dios qué cosas pienso de ella, qué cosas siento por ella, y sabe Dios también, perfectamente, que pienso que, desde hace más o menos 10 años, había siempre estado muerta, que su muerte física es sólo una circunstancia con efecto retroactivo, una confirmación de lo que ya sabíamos y sentíamos los que la matamos antes, para nuestras vidas. Una oportunidad, al fin, de lavar nuestras manos ensangrentadas.
Terminada la simbólica faena, en el café decente más cercano al lugar donde yacen los restos de 40 años de auténtico desamor, me senté a reflexionar sobre su vida. Sus sueños de mujer casada y felíz. Cumplió lo primero, lo segundo lo seguiremos dudando. Aunque Frank es lindo, atento, caballero, y Camila y Sebastián son dos niños preciosos, adorables, inteligentísimos, aunque para bien, y eso es educación de Frank que se quedaba en casa cuando las largas jornadas laborales de la mujer de mi vida la alejaban de la necesaria actividad doméstica, sacrificio que ella estaba más que dispuesta a hacer vista su voraz ambición, esa rapacidad que también me devoró alguna vez y me dejó un forado emocional de varios años. Felízmente sólo eso, que estalló en el momento y luego me ayudó a crecer, a saltar muros y caminar trochas y seguir atando mi corazón con las amarras del sufrimiento pero con conciencia y ganas de evolucionar, no sé, algo parecido.
Todo lo supe estando allí, en mi voluntarioso exilio. Su avance profesional que nunca era suficiente para sus metas desaforadas, su aburrida vida de casada, sus hijos hermosos y su noble marido, todo gracias a amigos espías que dejaron de ser amigos pero que buena información me dieron. ¿Qué habrá sabido ella de mí? ¿Qué pensamientos, frustraciones, culpabilidades respecto de mí se habría llevado a esa fría y cara lápida? ¿Rasguñará las piedras pensando en lo que pudo pasar entre nosotras dos?. ¿Sabrá que, después del remezón de sus ojos, no tuve ojos sino para más mujeres? ¿Sabrá que, sin embargo, nada la superará, a pesar de los días lluviosos en el alma que me procuró minuciosamente? ¿Caminará en baile de ultratumba a lo Thriller?. Unsolved mysteries que se quedarán así, por siempre. Frustraciones, heriditas que se atracan en alguna parte de la garganta. Cositas que solo aplacarás con las letras.
Saqué entonces un papelucho, una libreta de propaganda médica que le habían dado a un tío doctor, al que se la birlé. Tenía forma de corazón, no del romántico pero sí del real, del venoso, del que late. Recordé con absoluta claridad el poema que le había escrito en el baño, aquella noche del cumpleaños N° 30 del viejo Steve, cuando con otro chico se burlaba, cual adolescente cruel, de mis comentarios y reflexiones acerca del amor. Estaba, simplemente, convencida de que estaba loca. Entonces no había podido tolerar la potencia de la paradoja: reflexiones que comentaba con ella en mi cabeza y ella frente a mis ojos, destrozando socarronamente, con ese sarcasmo destructivo tan carente del charm de la ironía, esas reflexiones que se me ocurrían a propósito de su maltrato, que tímidamente le deslizaba a alguien en plan de suave catársis. Repetí cada palabra del antiguo poema, como las almas que le dictan al ouijero lo que ven desde el más allá. No paraba de llorar porque seguía sola, porque no pude sobreponerme a su muerte, que había acaecido cuando ella sólo era una caricatura de sí misma, una víctima de esa mentira radical que era su vida. Porque no tenía el reconfortante abrazo, la materialización del someday-you will be loved , que me acompañaría frente a un recuerdo que es más que eso cuando estás sola, frente al café negro y cargado como espejo que refleja tus 40 años de soledad.
Y mientras se enfriaba el café en la ominosa mañana de jueves gris de otoño, recordaba la llamada de Miguel, desesperado, después de mil lunas de no llamarme, de ignorarme por pensar lo mismo que ella acerca de mí, de no aceptar durante años invitaciones en redes sociales, para contármelo todo. Para Frank, supongo, habrá sido duro el trance de internarla, dejarla viva en el sanatorio y sacarla cadáver, en una bolsa negra y una etiquetita con ese nombre que me hacía ver el cielo nada más imaginarlo y que hoy sólo designaba a un cuerpo sin vida que la había perdido hacía años. La esquizofrenia no tratada a tiempo puede tener consecuencias violentas. Nadie debió dejarle entrar al cuarto del médico, tocar el bisturí y atravesarse con él el corazón para comprobar si, de verdad, era de hielo y sólo estaba intentando descongelarlo para volverlo a la vida. Intento vano. Como el amor.
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