viernes, 21 de enero de 2011

Encuentros inesperados



*Lucía*


El miércoles me bajé en Atocha para comprar algunas cosas en una librería de la zona. Caminando hacia allí, en Antón Martín (prefiero caminar siempre que quiero evitar la pesadísima Línea 1, la línea que tiene cuarenta mil paradas y es la preferida de los despistados), veo a una joven perdida, desarrapada, mirando los carteles de los grupos que se anuncian en las paredes, mirando al vacío.


Cuando me aproximo más y más, me doy cuenta de que la joven desarrapada era Lucía. Una casi irreconocible Lucía.


A Lucía la conocí en una ONG (en ma patrie) de donde ella era cooperante. Esa ONG trabajó un proyecto con la institución donde en ese entonces yo desempeñaba funciones. El click fue inmediato y nos hicimos muy amigas. Yo pasaba por una depresión y ella siempre me daba ánimos. Se quedó en mi casa 2 meses, se hizo amiga de mi madre y hasta de mi perro. Luego, cuando vine a Madrid, nos vimos unas cuantas veces, me presentó a sus amigos (también ONG-people, con extremado concern sobre el expolio de las multinacionales y demás tópicos y no tan tópicos) en un luminoso ático de Lavapiés. Hemos bailado bajo la lluvia, nos hemos emborrachado, nos hemos tropezado con el misterio de encontrarnos en lugares impredecibles, hemos viajado a París con aguacero. Luego se quedaría para un Master y acaba de regresar. Me ha escuchado llorar por muchas mujeres, sentirme desgraciada y menos y ella firme y sólida, con un consejo en la boca, siempre.


Extendí mi mano derecha y la transporté hacia su enorme naríz, como para asustarla-sorprenderla. Un encuentro más, cariño, uno más en nuestras vidas. Se llevó las manotas a la cara y me miró emocionada y con sorpresa. "¿Y tú qué haces aquí?", me dice (siempre me lo dice la gente que desconoce que me he "quedado")* Y desde allí empezamos un camino que terminó donde nos llevaron esas calles que eran ríos. La vi desesperada, desvencijada. Ya no era la Lucía del aplomo, la consejera incansable, la mensajera de la luz. No. Ahora estaba acabada, decepcionada con el mundo, impresionada de que yo esté enamorada de Madrid ("esta ciudad que no tiene nada"). "Cuéntame mejor tú tus cosas", me dijo, y le hice un update de mi vida que te cagas. Un update 2009-2011. Mi discurso era, sorprendentemente, de un optimismo tranquilo y seguro. Ni yo me lo creía, vamos, pero hasta realidades increibles pueden tocarse en esta viña del señor.


Nuestro camino, pasando Tirso de Molina, cogidas del brazo cual comadres, fue interrumpido por una iglesia: la Iglesia San Judas Tadeo. Dos gitanas nos ofrecieron calendarios de dicho santo, los cogimos y Lucía me suplicó que entráramos. Yo no estaba en plan Like a Virgin, pero acepté.


Lucía miraba la iglesia como poseída por su belleza, pero también subyugada por un vendaval de misticismo necesario, tal vez, para aplacar sus penas, dudas y temores. Así, se arrodilló para rezar. Yo no daba crédito...estaba llorando. En mi mente se producía la siguiente tensión: salir corriendo (no, no estaba en Plan Like a Virgin repito), o ponerme a leer el discurso de San Judas Tadeo... también rezar por mí misma, y por ella, desde luego. Hice una mezcla de las 2. Ella lloraba, devastada por esta etapa dura de su vida que no alcanzo a comprender y ella no alcanza a (o no me quiere) explicar, con todo derecho. Salimos. Yo tenía 1.20 en el bolsillo. Y soy muy profana y para imposibles yo: lo que me ahorro en un calendario de San Judas Tadeo me sirve para comprarme 2 tomates en Ay Madre la Fruta.


((Dios mío, perdóname))






Y ella, que siempre va corta de dinero se compró cincuentamil calendarios y les dio 3 euros. Generosidad a prueba de balas. Corazón de oro: me sentí muy rata.


De ahi en más, seguimos un camino extraño que incluyó la Calle Mayor, escupitajos, ver antigüedades cristianas en tienditas cercanas a la calle arenal, doblar a la derecha, hacia Callao, a la tienda de los discos, verla conversar con los mendigos, como un Cristo con encanto perrofláutico (connection 100%), y terminar en el pequeño Times Square castizo, saludándola anticipadamente por su cercano cumpleaños. Gritándola su fecha de nacimiento mientras se iba en lontananza a casa de alguna amiga. Cuando vi que había terminado de cruzar la pista, volteo y a mi derecha Gabriel, que cumple años el mismo día que ella, me pilla con su fecha de cumpleaños en la punta de los labios, los mismos que lo saludaron con nuestros ya acostumbrados 2 besos (es que todo ya nos da igual.




*Gabriel, por fin Gabriel*

Sorprendidos por la casualidad (hace más de un año nos encontramos en un Metro Ligero -Blasco Ibáñez- y me vio llorando) deliberamos a ver si nos metíamos a tomar algo, pero luego decidimos caminar hacia Princesa, lugar en el que había quedado con alguien. Nuestro monotema: el amor, las zorras. Esas, pues.



Terminamos en el Mc. Donalds de la Plaza de los Cubos, donde las idas y venidas de nuestra conversación me llevaron a hablarle de la rubia fatalidad que me reventó los 00's. Cómo nos conocimos, cómo me sedujo, cómo me metió en el bolsillo y cómo me dio una patada en el culo para yo dar el salto adelante y crecer.


Luego nos despedimos y tomé el metro (1 parada hasta ArgÜelles) Ventura Rodríguez. Y he decidido que es esa mi estación de metro preferida. Nada de gente, escaleras luminosas, nada de bajar hasta el centro de la tierra. Arquitectura alucinante, todo como redondo y futurista. Nunca había entrado. Esa es la estación. Ventura Rodríguez. Línea 3. Apunta.

Con Gabriel nos hemos vuelto a ver (esta vez premeditadamente) para una meriendita en casa, pan con queso y café con leche. Dicho sea de paso, qué encanto el del pan con queso y lo bien que marida con un café con leche bien caliente. Será el éxito del invierno, ni lo dudo.

Tengo que pasar el 14 de febrero con ese chico.

We both want love.





*pachotadas, siempre venimos, siempre nos vamos.
complejaycotidiana@gmail.com