A veces maldigo la absurda fuerza que nos hace desear los abrazos, las caricias, el llama por favor, el mensajeo. La promesa del masajeo. El "te cuento mi día" y "tú el tuyo". Pero dice Cerati que cuidado, que el diablo frecuenta soledades. Así que a bendecir esa extraña fuerza, y a pedir que venga "tu ser ideal" tirando una monedita a la fuente más próxima a casa.
Suelo estar falta de fe, pero todo atisbo de salvación provoca en mí una escalada arrebatada de ilusiones. Puedo estar parada en una esquina, permanentemente, con el ramo de flores, contemplando la vida pasar mientras me aproximo al deadline y me acerco a un precipicio de emociones. Al final miro mis manos, vacías, a años luz de aquél abrazo salvador, y ando con los pies bien plantados en una inquietante concepción mesiánica del amor. Un amor que te renueve, que te refuerce, que te apoye "en todo", que acompañe tu caminar, y que, por qué no, te libere de esa idea fija que tienes en la cabeza según la cual no puedes sino ser una reverenda hija de puta. Te miras en un espejo, estúpidamente esperando una respuesta pero cada uno va a su bola y con justa razón. Son las expectativas acumuladas. A lo mejor la mala suerte. Una visión muy negativa del amor.
Y entonces rezo.
Y pido. A gritos. Una sola cosa: salvación.
Esa redención que, a través del amor que es Dios, nos es concedida cuando a éste se le da la regalada gana.
Si el diablo frecuenta soledades, si el diablo está dentro, no es por el hecho mismo de estar solos, sino por el deseo, del que debemos liberarnos. ¿Sí o no, Hutchcence?
No dejes al diablo entrar. Cierra todo con candado. Abre cuando tengas claro que quien llama a la puerta es la persona adecuada. Filtración es virus. Mientras tanto, la almohada y el Ipod fungen de mejores compañías. Apaga y vamonós.
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