martes, 4 de enero de 2011

Mood swinging y dudas de diversa índole

Vaya semanita del carajo. He pasado de la más completa felicidad, y del entusiasmo de cara a este 2011 que ya es un hecho, a sentirme triste y miserable. La nochevieja, ese día festivo y maravilloso que le gusta tanto a todo el mundo (y a mí también) a veces despierta mis más grandes frustraciones. Las resoluciones de año nuevo no cumplidas a lo largo y ancho de tus treintayalgos. Estar sola sin pareja. Digo que estar fuera de mi país ya no me hace sentir nostalgia: ni soy una persona nacionalista ni la estoy pasando putas, que se diga putas acá. No extraño ni a mi perro, ni a mi madre, ni a mi nadie, aunque les quiero. No sufro por su lejanía. Pero al mismo tiempo me siento sola, y al mismo tiempo (again) la soledad me encanta. Pero esa soledad de pareja, esa carencia de mimos, ese no comerse ni un colín partido por la mitad, por Dios, cómo me enerva, me entristece, me bajonea.

Me caga.

En mi país de origen tuve leve participación en política, dada mi deformación profesional. En un pequeño municipio burgués del interior de mi país (cuyo nombre no diré para no ponérselas en bandeja, no por querer ocultar mis orígenes), hace muchos años, conocí a un buen señor, con quien trabajé en un cargo menor pero con gran proyección porque creíamos que otro mundo era posible. Aunque me pagaba un sueldo mediocre y le hacía todo el curro, nos sentíamos socios de un sueño. Logré una oportunidad fuera y dejé el cargo temporalmente. Cuando volví, su grupo político fue derrotado en mala lid, condenándome al ostracismo, al desempleo, a comer polvo. La ya complicada depresión del shock de volver (del primer mundo al underground del subdesarrollo, de servicios públicos medianamente decentes a la merde) se intensificó con el paro, estuve haciendo trabajitos, hasta que llegó la eyección, hacia Madrid, que me flechó (procedimiento que no contaré). El sueño era una estupidez: todos robaban, me proponían acuerdos para corromperme, me hacían mobbing , trabajaba en condiciones de explotación y con responsabilidades muy grandes, no tenía vida.

Ahora el buen señor es intendente del ayuntamiento anónimo mencionado. La cabeza. He is the man. He-Man. Me pidió apoyo en su campaña, lo ayudé como pude desde la distancia, dándole horas de mi vida a una causa que yo creía justa. Él no sabe de mi amor por Madrid, aunque sí que pudo proponerme algo, no sé, llevarme de regreso en mejores condiciones (aunque para ser sinceros me hubiera situado en una crisis, en una disyuntiva...¿por cuánto y en qué condiciones estoy dispuesta a abandonar la ciudad de mi vida? ¿la felicidad tiene un precio?). Pero no me lo preguntó. Le dio el cargo a Adriano.

Adriano es un mariconcito sin pluma de nada leve participación en política. Joven promesa de su universidad (una universidad obsesionada con el talento), premio de honor, carismático (pero también bien hipocritón), lo contacté para que nos ayude. Como un ayudante. Un amanuense. Un auxiliar. Y ha llegado donde está de la manera más calculadora y fría. Sin reconocer ni obedecer instrucciones. Sin comentar nada en twitter. Sigilosamente, como quien busca atrapar su presa. Un trepador en toda regla. Pero que va de dulce, de sensible, de progresista, de prudente. Va de todo. No lo conozco personalmente pero sí mis amigos y me dicen que sienten exactamente las vibras que yo siento a miles de miles de kilómetros. No me suelo equivocar  con eso.

No sé por qué me jode que Adriano tenga el puesto. Tiene 10 años menos que yo y yo es que es poco lo que quiero saber de mi lugar de origen. Qué extraños somos los seres humanos. No comemos ni dejamos comer. ¿Qué me fastidia de toda esta situación?. Estoy explorándolo. El sueño con el buen señor de una tierra diferente, sueño que se rompió porque mi país no es Grecia.


Ni yo soy Alejandro Magno.

complejaycotidiana@gmail.com