Un día de junio, soleado, en un país extraño, tras haber vivido allí tres meses, me asaltó la idea de un absurdo: ¿Por qué determinadas personas que habitan sobre la faz de la tierra no pueden, si se les sale del orto o de los cojones, vivir en el extranjero?. Buscar nuevos horizontes, conocer gente nueva, disfrutar de la magia del exilio, de esa distancia que nos confronta con nosotros mismos, trascender paletismos y encontrar nueva escenografía real a su andar urbanita. Bloquear este hecho, de por sí, me parece fatal.
Digo "de por sí". No hablo de fronteras completamente abiertas, ni de fortalezas inexpugnables. Hablo de fronteras entreabiertas, donde un funcionario amable sepa ayudarte en tu mejor canalización del proyecto de vida, algo profundamente humano, donde un policía controle al ladrón (muchas veces de saco y corbata) y le de la bienvenida a las personas. Donde en un mercado laboral se hable sin complejos de los mejores y no de los nacionales-extranjeros (aunque proteger la mano de obra nacional tiene sólo una justificación lógica: se supone que deberías poder ganarte la vida donde se encuentra todo tu entorno social, tu familia, etc, pero tampoco tiene que ser algo absoluto, más aún en este mundo globalizado). Donde las personas digan, de verdad (y no necesariamente por razones económicas -ese es el drama de la inmigración, la inmigración masiva movida exclusivamente por lo económico-) "ay, qué bonito sitio, me quiero mudar aquí". Y te mudes sin que tengas enfrente tuyo engorrosos trámites que te perturben, comentarios cizañosos, preguntas insidiosas sobre tu fecha de regreso. Etecé.
Un Estado tiene derecho a decir quién entra en su territorio. Ok. D'accord. Una persona tiene derecho a tener planes, a soñar con la distancia y desde ella plantearse ser mejor persona. Digo, ¿por qué no un procedimiento negociado?. Al final, y frente al panorama actual, los que decidimos volar seguimos volando, concentrándonos en nuestra relación con ese entorno que nos hace un poquito más felices y no en la gente que nos reduce al color del papel.
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